Ayer recibimos la noticia del fallecimiento de uno de los mejores escritores del siglo XX, Paul Auster (EEUU 1947-2024).  Nos deja un legado inmejorable. Se han sucedido los artículos sobre él y su obra y El cocodrilo azul quiere rendirle homenaje con El libro de las ilusiones, Trad. Benito Gómez Ibáñez, Barcelona: Anagrama, 7ª ed., 2007.

 

Cuando leí El libro de las ilusiones, hacía tiempo que no encontraba un libro cuyo título estuviera tan íntimamente ligado a la obra, sobre todo desde el punto de vista de las sensaciones que transmite.

Es una obra cinematográfica. Las descripciones son exhaustivas hasta el punto que vemos cada uno de los movimientos de los personajes. Su minuciosidad, en lo que a movimientos se refiere, es impensable antes del invento del cine, a pesar de que en el siglo XIX las descripciones del realismo son detalladas.

Respecto a las ilusiones, provoca en el lector la sensación de estar viendo las acciones a través de un espejo. No sabemos a veces si se narra en realidad la historia del escritor o la de Héctor Mann, aunque ciertamente se sepa porque se dice, pero uno es el reflejo del otro y se pierde la pista con facilidad Es  aquí donde cobra sentido la frase inicial de Chateaubriand: “ El hombre no tiene una sola y única vida, sino muchas, enlazadas unas con otras, y ésa es la causa de su desgracia”. También se podría pensar que la causa de que viva, si a eso se llama desgracia en una apreciación romántica del término, vale para David Zimmer, el escritor y profesor que quiere morir ante una desgracia y que encuentra en el arte, en este caso en el cine y en la literatura, su salvación.

El libro comienza con la justificación de un proyecto, con un retroceso en el tiempo, para narrar sin embargo como si todo ocurriera en ese momento, porque a pesar del empleo del pasado, lo hace de forma cercana de tal modo que asistimos a una película, por tanto vemos lo que pasa en nuestro presente. .

Es importante el desencadenante del hecho de escribir del profesor Zimmer “mi mujer y mis dos hijos habían muerto en un accidente de avión… lo peor de todo era mi insistencia en llevarlos en coche”... lo cual crea un sentimiento de culpa que es un detonante aún mayor que el de la desgracia en sí:   “…cuando alguien no espera nada, más le valdría estar muerto… Así se presentaban las cosas cuando Héctor Mann apareció inesperadamente en mi vida”, tan inesperadamente que estamos sólo en la página 17 de la novela. Hasta ahí ha habido una desesperación expresada en pocas líneas, condensada como un perfume en un frasco, ha aludido al Chanel nº5 de su mujer, perfume destapado con la risa del actor.

En ese mismo capítulo seguimos la carrera profesional de Zimmer y su acercamiento a los escritores que en su día habían dejado de escribir. Conocemos además sus apreciaciones sobre el cine y sobre el lenguaje. El capítulo termina con el recuerdo del primer día que empezó a escribir el libro. En este primer capítulo está realmente contenida toda la obra que va a desarrollar.

En el capítulo 2 y en el final, en las dos ocasiones en que intencionadamente narra dos películas, asistimos al cine, no leemos, sino que vemos. La lectura de estas páginas me produjo una especial fascinación. El silencio de Zimmer, su aislamiento y su identificación con la obra de Chateaubriand  se despliegan y envuelve cada página. Esta envoltura, la de los acontecimientos narrados, va hablando sin que apenas nos demos cuenta, del hecho de escribir, de leer, de traducir. Habla de la imagen y de las palabras, del lenguaje que es comunicación, con nosotros mismos, ése es su aislamiento, y comunicación con los demás; sale de sí mismo varias veces, para volver en cada ocasión a la soledad necesaria para escribir.

Y cuando creíamos que todo en su vida se había normalizado, vuelve Héctor Mann y se sumerge en él de forma inevitable. No parece ser dueño de sí, porque las circunstancias lo envuelven sin remedio, para ir una vez más a parar a la soledad y al silencio.

Es el libro de la razón y la ilusión, de una serie de presencias y ausencias que envuelven al lector, igual que está envuelto el escritor biógrafo de Héctor Mann.

Los grandes temas de Auster como el destino, la soledad, la comunicación y la incomunicación, así como los sueños perseguidos, la vida y la inexorable muerte, se dan la mano y forman un puzle que el lector está llamado a descifrar en el juego de espejos de su creador.

 

Otras obras que me enamoraron son: Tombuctú, La invención de la soledad, Brooklyn Follies y El cuento de Navidad de Auggie Wren, que dio lugar a la magnífica película Smoke, cuyo guión fue del propio autor.

 

 

 

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