Empieza el curso 2017-2018. Volvemos de vacaciones con energías renovadas y creo que es un buen momento para leer libros que nos estimulen.

Yo recomiendo vivamente  Mal de escuela y Como una novela, ambos de Daniel Pennac.

 

Mal de escuela

Esta obra, traducida por Manuel Serrat Crespo, está editada en Barcelona: Random House Mondadori, Col. Debolsillo, 4ª edición, 2011.

Sin duda será  un descubrimiento para los que quieren ejercer esta profesión o se estrenan en ella.  Para los veteranos es un gran estímulo y consuelo.  A todos dará  idea de lo que es un aula y de cómo enfrentarse  día a día a tan estimulante trabajo.

Vivimos momentos llenos de contradicciones individuales y colectivas que generan  inestabilidad en el alumnado, al que se tiene por costumbre  calificar como imposible.
Daniel Pennac dedica el libro al zoquete. Sus páginas, de marcado carácter autobiográfico, destilan sabiduría, intuición, paciencia y humor. Además sirven para rendir homenaje a los buenos maestros, a los que todos hemos tenido, a los que siempre permanecerán en nuestro recuerdo.

El sexto capítulo del libro titulado “Lo que quiere decir amar” contiene en el apartado 4 el texto siguiente:

“En vez de recoger y publicar las perlas de los zoquetes, que alegran tantas salas de profesores, debería escribirse una antología de buenos maestros. La literatura no carece de tales testimonios: Voltaire rindiendo homenaje a los jesuitas Tournemine y Porée; Rimbaud mostrando sus poemas al profesor Izambard; Camus escribiendo cartas filiales al señor Germain, su amado maestro; Julien Green haciendo brotar en su afectuosa memoria la imagen llena de colorido del señor Lesellier, su profesor de historia /…/
Si, además del de los maestros célebres, esa antología ofreciera el retrato del profesor inolvidable que casi todos nosotros hemos conocido una vez al menos en nuestra escolaridad, tal vez obtuviéramos ciertas luces sobre las cualidades necesarias para la práctica de ese extraño oficio”. 

Me gusta muchísimo el inicio del apartado siete del capítulo III, titulado Lo, o el presente de encarnación

La presencia del profesor que habita plenamente su clase es perceptible de inmediato. Los alumnos la sienten desde el primer minuto del año, todos lo hemos experimentado: el profesor acaba de entrar, está absolutamente allí, se advierte por su modo de mirar, de saludar a los alumnos, de sentarse, de tomar posesión de la mesa. No se ha dispersado por temor a sus reacciones, no se ha encogido sobre sí mismo, no, él va a lo suyo, de buenas a primeras está presente, distingue cada rostro, para él la clase existe de inmediato”.

Las letras en negrita son personales y ponen de relieve una actitud fundamental: que la clase exista para mí de inmediato. Pennac está jugando con el verbo habitar en primer lugar y  después con sentir y existir. Todos estos verbos expresan actitudes importantes en educación. Son aplicables a los alumnos y al profesor, porque habitaremos durante meses el mismo lugar.

 

Como una novela

Este segundo libro, traducido por Joaquín Jordá y editado por Anagrama, es igualmente esclarecedor y sorprendente. Al igual que el anteriormente citado, parte de la experiencia personal y desgrana de forma sutil e inteligente las claves de la lectura. Para despertar el hábito de la lectura, el profesor deberá ser lector. Amar la literatura será el arma para transmitir tan gratificante afición.

Comienza así:

“El verbo leer no soporta el imperativo. Aversión que comparte con otros verbos: el verbo amar…, el verbo soñar…” 

Y su final es:

Los escasos adultos que me han dado de leer se han borrado siempre delante de los libros y se han cuidado mucho de preguntarme qué había entendido de ellos. A ésos, evidentemente, hablaba de mis lecturas. Vivos o muertos, yo les dedico estas páginas”.

Sobran comentarios. Será gratificante hacer cualquiera de las dos lecturas.

 

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