La atracción por lo desconocido

La Literatura Infantil tiene tres características importantes: sencillez, concisión y claridad. Sin embargo, no hay que confundir sencillez con simplismo, concisión con pobreza y claridad con evidencia.  Al traducir libros infantiles es vital mantener la riqueza de vocabulario. No puede ni debe rebajarse nunca buscando la palabra que  resulte familiar al lector, sino aquella que tenga la equivalencia real respecto al texto original. http://elcocodriloazul.blogspot.com.es/2010/01/traducir-para-ninos.html
En la mayoría de las ocasiones se traduce un texto, pero a veces se adapta pensando que quizás no se comprendan los elementos que pertenecen a otra cultura. Sobre esta cuestión hay siempre un debate abierto, aunque personalmente estoy convencida de que es enriquecedor enfrentar a los niños desde edades tempranas a otras culturas. No tiene ningún sentido cambiar la hora del té por la merienda, ni la cena a las siete por la cena a las diez.
En los años 60 se hicieron famosas las galletas de jengibre  de los libros de Enid Blyton. Nadie sabía lo que era el jengibre, pero  aquellas galletas se olían y se saboreaban  junto a los protagonistas. Ni siquiera hacía falta buscar la palabra en el diccionario.

Algo tan simple, hace que el lector se sumerja en el mundo mágico de la lectura. Con el tiempo descubrirá y relacionará y mientras, imaginará.

Lo desconocido forma parte del deseo de leer. Si conociéramos  todos los rincones del alma humana y del mundo que nos rodea, quizás ya no quisiéramos leer.

Mantener la magia de lo desconocido es uno de los elementos que más puede ayudar en el fomento de la lectura.

Los nombres de personajes, los topónimos, las monedas, los pájaros, las comidas y horarios diferentes, lo aparentemente incomprensible, despertará en el niño la curiosidad, el deseo de encontrar algo nuevo en cada libro. Abrirá una gran ventana al mundo, por la que podrá asomarse y observar sin miedo el amplio paisaje de la diversidad.

Importancia de las traducciones

Hoy más que nunca son importantes las traducciones para los más pequeños, porque nunca como hoy la humanidad se ha visto envuelta en el fenómeno de la globalización, que para bien y para mal, revela la existencia de “otros”.

El globo terráqueo parece haberse quedado pequeño, pero la distancia entre los pueblos y las barreras que los dividen, son manifiestamente considerables.

Las traducciones sirven para que el niño pueda saltar la barrera del idioma y conozca lo que otros dicen. Descubrirá así que hay miradas diferentes y nuevas opciones y formas de pensar.

Sería injusto e irresponsable no darle diferentes visiones del mundo, diferentes sensibilidades y distintas realidades para ver, oír, sentir y palpar.

A pesar de la posibilidad que tienen de ver continuamente las imágenes que los medios de comunicación ofrecen, necesitan la palabra para aprender a pensar. Las traducciones les ayudarán a tomar conciencia de sí mismos y les revelarán otras señas de identidad.

Leer al otro en mi propia lengua, aunque ya sabemos que como en el cine, lo mejor es la versión original, ayuda a comprenderlo y a comprenderme y lo que es más importante aún: abre fronteras.

Descubrir a los jóvenes lectores que una obra ha sido traducida a muchos idiomas, es desvelar para ellos la magia de la literatura, es ayudarles a constatar  que la palabra es capaz de traspasar las fronteras de la realidad.

El esfuerzo editorial

Es incuestionable que anualmente se hace un gran esfuerzo por parte de las editoriales por presentar a los niños y jóvenes lo mejor de la literatura universal. Este esfuerzo se realiza en todas las Comunidades Autónomas, revitalizando el aprendizaje y la profundización de la lengua materna.
Del idioma que más se traduce en literatura infantil, igual que en la de adultos, es del inglés (44,3%) tanto del Reino Unido como de Estados Unidos. El número de traducciones de este idioma va seguido del castellano (15,5%) y del francés (14,6%), sobre todo de Francia y Bélgica. En menor medida se traduce del inglés de Canadá y Australia y del francés de Canadá y de otros países francófonos. Es constatable la escasez de traducciones de Asia, África y Oceanía, aunque en el último año las traducciones del japonés se han colocado en séptimo lugar en cuanto a número de traducciones se refiere.

Hay cuestiones curiosas como que a veces se traducen obras francesas del inglés o del alemán y que a las diferentes lenguas del Estado se traducen obras extranjeras del castellano, o también del gallego al euskera, al castellano y al catalán.
Este fenómeno de traducir de una lengua distinta de la original vulnera claramente uno de los principios fundamentales de la traducción:  traducir de la lengua original. Este principio establecido para la literatura de adultos es igualmente válido para la traducción de libros infantiles.
Traducir de un idioma que no es el del autor, supone dos reconversiones e interpretaciones de un texto y al lector no le puede llegar la obra con la misma fiabilidad con la que pasa directamente de la lengua de partida a la de llegada.
Otro punto importante es que la lengua de llegada del traductor conviene que sea su lengua materna, para poder utilizar todos sus recursos y matices de un idioma.

Algunas reivindicaciones

Traducir es escribir, de ahí las reivindicaciones de los traductores españoles respecto a la propiedad intelectual, a los derechos de autor y a la equiparación de tarifas con sus homólogos europeos.

En el Boletín informativo nº 55 (Agosto 2006) de Cedro, Mario Merlino, Premio Nacional de Traducción 2004, escribió un artículo que prácticamente cierra con estas palabras:

“ Por ello, cada vez que, traicionando subrepticia o abiertamente la Ley de Propiedad Intelectual, no se paga una traducción con justicia o no se liquidan los derechos correspondientes a la obra traducida, se comete, sin ambages, una estafa: artero beneficio a costa del uso preciso y precioso de las palabras”.

No cabe mayor claridad para explicar algo que atañe a todos los profesionales de la traducción, pero que tiene una difícil y  lenta solución.

Dejando a un lado el sin duda importante tema económico, habría que plantearse otras cuestiones como el protagonismo del traductor en los eventos literarios.
Resulta chocante que se organicen congresos sobre autores extranjeros en universidades e instituciones españolas sin convocar a su traductor o traductores. Nadie mejor que ellos conoce la obra sobre la que ha trabajado.

Traducir supone profundizar hasta la saciedad en todos y cada uno de los aspectos del lenguaje, desde el significado general de la obra hasta el de cada una de las palabras y signos de puntuación que la componen. Se debería colocar en lugar privilegiado a quien ha hecho posible difundir la obra y la figura de un escritor.

Lo mismo ocurre cuando se lleva a cabo un encuentro con el autor, en el que habitualmente la editorial olvida invitar al traductor. Hay honrosas excepciones al respecto, pero son eso, excepciones. Algo mucho más grave es que en literatura infantil aún hay editoriales que omiten el nombre del traductor en los créditos, haciendo caso omiso de la normativa legal vigente.

¿Qué pasaría si para reivindicar estos y otros aspectos hubiera una rebelión de traductores? Si durante una semana no trabajaran intérpretes ni traductores ¿viviríamos el caos de la Torre de Babel?

Quizás fuera un desastre, o quizás sólo se observarían situaciones cómicas, pero en cualquier caso quedaría de manifiesto el valor de los que podíamos calificar como fantasmas de la palabra.

El futuro

Para un futuro próximo y lejano, lo mejor es seguir en la línea de fomento de la lectura emprendida en los últimos años, para desarrollar el espíritu crítico de los jóvenes.
Si crecen en sensibilidad en cuanto al uso del lenguaje, serán cada vez más exigentes también respecto a las traducciones. Se trata en definitiva de descubrir el misterio que encierran las palabras y despertar la afición por usarlas con precisión.
No se debe dar por supuesto que el uso espontáneo de la lengua materna es suficiente para establecer la comunicación. Es importante reflexionar sobre la utilización que hacemos de ella y no rebajar sus niveles de uso, sino elevarlos cada día más.

Los adultos, padres, profesores, bibliotecarios, editores y otros profesionales dedicados al fomento de la lectura, tenemos la gran responsabilidad de filtrar las lecturas que damos a los niños y a los jóvenes y por ese filtro, debe pasar el de la traducción.
Una buena traducción es tan importante como un buen libro escrito directamente en la lengua materna del niño que lo lee. No caben dobles interpretaciones ni traducciones rápidas que trastoquen el original o que dejen ver continuamente la sintaxis y la puntuación de la lengua de partida.

Una buena medida para revalorizar la figura del traductor, sería colocar su nombre junto al del ilustrador, en la portada. El ilustrador recrea la obra por medio de imágenes que la complementan o la interpretan. Previamente, el traductor la ha recreado en su totalidad. Sin él, como ya se ha dicho a lo largo de este artículo, la obra sería desconocida para la mayoría de los lectores.

Sería además una forma de ayudar a descubrir la importancia de aprender idiomas para ejercer profesiones interesantes como ésta, desconocida para la mayoría de los jóvenes.
Otra posibilidad es realizar actividades de fomento de la lectura relacionadas con la traducción, que a su vez desarrollarían el aprendizaje de idiomas y despertarían la curiosidad por conocer otras culturas.

El libro infantil sigue estando de enhorabuena por la calidad de las producciones, así que también lo están los traductores que se mueven fundamentalmente en este campo.

Sería estupendo que entre todos los que formamos parte de este mundo literario infantil, consiguiéramos que los jóvenes pudieran hacer suyas las siguientes frases de Montesquieu:

“Amar la lectura es trocar horas de hastío por horas deliciosas”

                               “Nunca tuve una tristeza que una hora de lectura no haya conseguido disipar.”

 

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